“Siempre las mujeres están arreglando el desastre que dejan las instituciones”

Hacer de lo doméstico algo público. Esa es la provocación que la psicoanalista y directora de basepública, Constanza Michelson, lanzó en su columna semanal en La Tercera en la víspera de la celebración del día de la mujer. Aquí reflexiona sobre cómo lograrlo y las lógicas que lo impiden.
Por Antonieta de la Fuente

Fue la constatación de que nada había cambiado. El regreso a clases, esa fantasía de que por fin los niños volverían a los colegios y los padres y madres tendrían la oportunidad de volver a tener control sobre su tiempo, fue inmediatamente derribada. 

La psicoanalista y directora de basepublica, Constanza Michelson, lo comprobó desde el primer día de clases: el diseño de los horarios de entrada y salida, de nuevo, era incompatible con la vida. Al menos con la vida de quienes se hacen cargo de esa tarea, por lo general, las mujeres. 

“Yo pensé que la pandemia había puesto el tema sobre la mesa, pero ahora cuando veo los horarios de los colegios, me doy cuenta de que no pasó nada. Es igual de terrible que en la pandemia, es incompatible con las exigencias que además están en el campo laboral”, dice. 

-¿Es un problema de diseño?

-Es que está diseñado suponiendo de que hay una subvención silenciosa de ciertos cuerpos, en general femeninos, que son los que se encargan de cuidar, de andar corriendo, de arreglárselas como puedan, para que la teoría ande. Eso no tiene sentido.

En vísperas del día de la mujer, Constanza escribió una columna en La Tercera titulada ¿De qué se liberan las mujeres cuando se liberan?, inspirada en su propia experiencia con el regreso a clases, pero también tomando un tema que plantea la antropóloga Rita Segato: hacer de lo doméstico algo público. Una tarea que, pese a las lecciones del confinamiento, todavía está pendiente. 

Fantasía/Imaginación

-¿Te consideras feminista?

-Es que para mi nada de esto es nuevo. Siento que nací feminista. Nunca me hizo sentido como estaba diseñado el mundo, nunca lo entendí. Me impresionó mucho cuando chica un cuento de H.P. Lovecraft, sobre una mujer a la que le gustaba mucho estudiar y cuando se moría decidía meterse en el cuerpo de un hombre porque se da cuenta de que era la única manera de hacer lo que a ella le interesaba. Y a mí esas cosas me hacían sentido. Como a los 12 años tuve conciencia y dije “¿qué es esto?”. Tuve la sensación por un minuto de “qué lata ser mujer y que se me impongan unas cosas”, que yo me daba cuenta de que eran absolutamente distintas a los hombres en ese momento. Si me preguntas, no es que a partir de 2018 esta haya sido una revelación. Para mí, al menos.

-¿Qué es para ti feminismo?

-Es que el feminismo es muchas cosas, pero una definición que me hace sentido es que el feminismo no mujer contrario a hombre, como si fuera su reverso Porque en el fondo Hombre, con mayúscula, es el universal, desde el humanismo en adelante, es desde donde está pensado el modelo de ser humano, el modelo de conocimiento, el diseño del mundo. Y mujer no es que sea su opuesto, mujer es la diversidad. Es lo no universal. Y es por eso que la reivindicación de las mujeres va de la mano siempre de otras reivindicaciones, étnicas, de disidencias sexuales, etc. Porque es lo plural versus lo universal. El feminismo yo lo ubicaría ahí. 

-¿Es la gran revolución al final?

-Claro, es la revolución de un ideal de ser humano. 

-¿Crees que los discursos actuales sobre el feminismo no están abordando lo que está sucediendo, como mencionas en tu columna, a ras de suelo, y que genera esa tristeza femenina que está fuera de lo público? 

-Hay una definición que alguna vez encontré que me gustó mucho, que es la diferencia entre imaginación y fantasía. La imaginación es a ras de suelo, justamente, porque necesitas otros cuerpos para imaginar, ponerte en el lugar de otras personas, un contacto, una raíz, algo en el piso. Mientras que la fantasía es vertical, es hacia arriba, es despegarse de los otros, es como un cohete, como ir a Marte. Es fálica la fantasía. Y tiene que ver con conquistar, con subir la montaña, con ir más allá de los límites. Pero no necesariamente tiene que ver con la imaginación. En general, se convierten en cosas que son bien cliché, son bien reiterativas las fantasías. Tiene algo de la pornografía, una cosa bien repetitiva. A mí esa definición me parece que es súper interesante. Y hay algo de la lógica masculina -y no digo los hombres, porque no tiene que ver con la anatomía, sino con lógicas- que tiende mucho a la fantasía, mientras que la lógica que queda fuera de la fantasía, son todos estos otros mundos que de pronto no son nombrados, que aparecen como poco relevantes o poco valiosos en la construcción de mundo que hemos hecho. Pero que tienen que ver con la imaginación ni más ni menos de cómo sobrevivir, de cómo gestionar la vida. 

-Y de ese gestionar la vida no se habla

-El asunto es que, claro, el capitalismo lo que hace es justamente esta división de los modos de producción: está el trabajo productivo y el reproductivo y el que tiene valor es que el se cuantifica. Y ese es el trabajo productivo. Es decir, sale en panadero a hacer el pan, sale el periodista a hacer su reportaje, y las mujeres están en la casa permitiendo que eso ocurra, pero eso queda fuera de la lógica del valor cuantificable. 

Y el asunto es que el trabajo no es solo una cosa para ganar plata, es una relación social. Entonces lo que empieza a pasar en el campo de lo doméstico es que queda fuera de la relación social que es la relación social más política. Lo doméstico queda absolutamente silencioso. Y el malestar que pasa ahí es un malestar como sin nombre también. Pero ahí en lo doméstico pasan muchas cosas, se toman las decisiones más importantes, es lo que sostiene, es el pilar de todo de alguna manera.

Sabiduría popular

-¿Fue la pandemia un punto de inflexión en ese sentido?

-Fue un darse cuenta de que esa conversación sobre lo doméstico todavía está pendiente.

-¿Cómo hacemos de lo doméstico algo público? 

-Rita Segato, esta antropóloga feminista dice que hay que visualizar lo político que ya existe en lo doméstico. Es decir, las maneras en que nos organizamos más allá de las instituciones, hacer de eso política, hacer de eso una voz que pueda ser considerada un expertise. Cuando se está resolviendo algún asunto de política pública, la pregunta es cuánto se incluye justamente la sabiduría popular, esas mujeres que están haciendo la olla común, que están ahí gestionando la vida finalmente. 

-¿Cómo partir?

-No sé, en cosas tan simples como decir basta de esto de los horarios de los colegios. Si ves en los chats de apoderados, que en general son de apoderadas, están todas resolviendo. “Oye, yo te cuido a tu hijo, yo te paso a buscar al tuyo”. Siempre las mujeres están arreglando el desastre que dejan las instituciones. El problema es cómo exigimos que eso no es compatible con la vida.

-¿Y la corresponsabilidad es una solución?

-Sí, pero no del todo porque es una estructura social. Por supuesto que tienen que haber cambios culturales, pero para que esos cambios culturales sean reales, no puede solamente consistir en tener una buena pareja. Y el mundo no está hecho ni siquiera para que un hombre quiera ser feminista. Porque los trabajos no están diseñados para efectivamente darle un lugar a la vida doméstica, a la crianza, el lugar que requiere.