Las víctimas invisibles de la drogadicción

Robos, gritos, violencia, maltratos físicos y psicológicos, gastos millonarios... Todo eso vivió una familia con un hijo con problemas de adicción. En este relato, una madre nos cuenta los altos y bajos de vivir de cerca la drogadicción.

Fue en 2013 cuando mi hijo me contó que era adicto a la pasta base. En todos esos 19 años, no me había dado cuenta de lo que estaba sucediendo en mi casa, ya que Felipe no era una persona sociable, consumía a escondidas en nuestro hogar.

Hasta entonces, éramos felices: teníamos buena situación económica, viajábamos todos juntos y teníamos una casa en la playa y otra en el campo, donde solíamos arrancarnos de vez en cuándo. Mis dos hijos mayores estudiaban y mi esposo, que sufre de bipolaridad hasta el día de hoy, se había jubilado por esta enfermedad. Yo era la que manejaba toda la vida en la casa, y a pesar de que trabajaba todo el día como enfermera, siempre fui una madre presente.

Hasta que de un momento a otro tuve una trombosis y me obligó a estar seis meses en el hospital. Para Felipe esto fue lo peor que le pasó en la vida. Intentando superar su pena, se acercó a un familiar quien lo metió en la marihuana y luego en la fatal pasta base.

Al enterarse de que nuestro hijo era drogadicto, mi marido se descompensó. Me convertí en el sostén de él y mi hijo, dejando de lado mi trabajo. Le dijimos a Felipe que debía internarse, pero no quería. Luego de nuestras constantes súplicas, accedió.

Vimos a los mejores especialistas que había en el país para poder curar a nuestro hijo. Fue internado tres veces en el Hospital de la Universidad de Chile, donde gastamos más de $30 millones en su rehabilitación, sumado a los cuidadores que tenía que tener 24/7 para que no se arrancara o golpeara a alguien. Pero Felipe no mejoraba, cada vez que salía del tratamiento volvía a consumir pasta base.

Mi hijo nos empezó a robar para poder consumir. A veces yo llegaba a la casa y cuando veía que faltaban cosas, me daba cuenta de que había recaído. Incluso nos sacaba el sueldo completo del mes que guardábamos en efectivo, dejándonos sin dinero para pagar las cuentas o comer. Tuvimos que vender todo lo que teníamos, incluso fui a la feria a vender nuestras cosas para costear los tratamientos y remedios de Felipe.

Todo esto empezó a empeorar y mi familia se empezó a alejar. Ya no estaba el apoyo constante de mis otros hijos, ya que ellos se agotaron de la situación de su hermano, de los robos, de la violencia. Eso como madre duele mucho, sobre todo cuando además tienes que soportar la discriminación de los demás por tener un hijo drogadicto.

Pero lo peor estaba por venir. El mundo se me vino abajo cuando Felipe, debido a la ansiedad que sentía al no consumir la droga, intentó suicidarse varias veces. Y lo hizo de las peores formas, que jamás imaginé: se hacía cortes en los brazos y la cabeza, intentó ahorcarse y hasta se enterró una tijera en el pecho. junto a mi marido tuvimos que socorrerlo en varias oportunidades. A pesar de que muchas veces en sus ataques de furia rompía todo lo que veía en la casa, nunca me golpeó. Felipe mide más de 1.80 y cada vez que salía a la calle, yo lo abrazaba y le pedía llorando que por favor parara todo esto.

Vivimos tres años con estos episodios, hasta que supimos otra mala noticia. A mi esposo le diagnosticaron cáncer de pulmón y yo debía acompañarlo en todo ese proceso. Pero si dejaba solo a mi hijo, él iba a seguir consumiendo aún más pasta base y nos iba a vender lo poco que quedaba en nuestra casa. Decidí hablar con él y le dije que si no iba a colaborar con la enfermedad de su padre dejando la droga, tomara todas sus cosas y se fuera. Le dije: yo siempre te voy a querer pero no puedo seguir aguantando que sigas consumiendo algo que te está matando.

Yo generalmente me considero una mujer fuerte, pero dos días después de echar a Felipe no pude más y me puse a llorar en un banco en la Alameda de Rancagua. En ese momento vi al actual alcalde Eduardo Soto, a quien me acerqué y le pedí ayuda. A los pocos días me consiguió un cupo en un centro de rehabilitación de la ciudad, donde el primer mes sería gratis.

El único problema es que yo ya no sabía dónde estaba mi hijo. A través de un llamado de mi hermano menor, supe que Felipe estaba durmiendo afuera de la casa de mis padres, quienes no lo dejaban entrar porque anteriormente les había robado algunas cosas. Fui a buscarlo, me reencontré con mi hijo, lloramos juntos y él se comprometió a ir al centro de rehabilitación. Aunque recayó algunas veces, ya van más de cinco meses que ya no está consumiendo drogas, lo que me tiene muy feliz y con mucho ánimo para ayudar a otras familias que por culpa de esta enfermedad llamada drogadicción están viviendo un infierno. Porque la droga es el infierno.

Después de todo lo que mi familia ha vivido, decidí unirme a AFA (Asociación de Familiares Angustiados) para poder cambiar la realidad sobre la drogadicción en Chile. Uno de nuestros primeros propósitos es que se apruebe una ley que incluya a las adicciones como un problema mental. La droga es una enfermedad que no solo destruye al que la padece, sino que también a las personas que más amas.

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