Voces e Historia de Equidad

Las historias de jóvenes que gracias a distintas iniciativas, lograron entrar a la educación superior, sin importar el puntaje que obtuvieron en la PSU.

En Chile hay mil alumnos que cada año obtienen 850 puntos en el ranking de notas del colegio, pero que no pueden entrar a la universidad. No es porque no puedan pagarla. Es que estos mil jóvenes, que son los mejores alumnos de sus establecimientos, a pesar de su esfuerzo y buen rendimiento, no alcanzan a obtener los 475 puntos mínimos en la PSU para postular a una universidad.

Así lo asegura Karla Moreno, subdirectora de Cátedra de la UNESCO sobre Inclusión en Educación Superior, quien cuestiona que la PSU sea el único mecanismo de ingreso a la universidad.

“Hoy nos damos cuenta de que hay otros mecanismos de inclusión que tienen que ver con reconocer aquellos estudiantes que son destacados en sus contextos y que no tienen todas las oportunidades educativas para poder rendir en igualdad de condiciones una prueba de selección universitaria”, explica.

Es lo que le ocurrió a Jenny Baeza (23),  estudiante de quinto año de Sicología de la Univesidad Diego Portales. 

Para Jenny, la idea de entrar a la universidad siempre fue una ilusión. Su hermano mayor había estudiado en la Universidad de Santiago y eso consumió mes a mes más de la mitad del sueldo con que vivían en su casa. Conciente de las deudas que su familia tenía por los estudios de su hermano, ella sabía que su única oportunidad era una beca. Luego de mucho esfuerzo y de trámites que le parecían infinitos, la obtuvo gracias al programa Equidad de la Universidad Diego Portales. 

Hoy, su historia está destacada en el libro «Voces e historias de equidad», que lanzó en septiembre la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el libro, se relatan historias de jóvenes que gracias a distintas iniciativas, lograron entrar a la educación superior, sin importar el puntaje que hayan obtenido en la PSU.

La historia de Walter Valdés (25) también es una de inclusión. Oriundo de Rancagua, Walter comenzó a trabajar a los 13 años. Su papá quería a toda costa que se dedicara a la mecánica, pero una beca que le permitió ingresar al Propedéutico de la Universidad de Santiago cambió su destino.

“No era lo mío, los moldes siempre me quedaban chuecos y no me veía metido en un taller”, confiesa.

Walter tuvo que recurrir a algunas mentiras blancas mientras soñaba por entrar a la universidad. Su padre desconfiaba de la beca, por loq ue mientras decidía qué estudiar, teniendo claro que era algo humanista, el joven le tuvo que decir a su papá que iba a elegir alguna ingeniería para que este lo apoyara.

“Jamás me hubiera dedicado a la mecánica, si no hubiera sido por la beca probablemente estaría atendiendo en una tienda o en recepción de público”, cuenta el joven. Ya egresado de Publicidad de la Universidad de Santiago, hoy trabaja en la Municipalidad de Cerro Navia.

Jenny cuenta que lo que la ayudó a ganarse la beca “ fue la perseverancia, el no conformarme solo con una postulación a una universidad, sino que investigar y postular a todo lo que encontré”.

El libro habla también de las iniciativas de inclusión de 25 universidades a lo largo del país y del programa PACE, al cual hay 29 Instituciones de Educación Superior adscritas.

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